Veinticinco años después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el peor acto terrorista de la historia continúa remodelando la seguridad global, las prácticas de inteligencia y la política exterior.
Los ataques, que mataron a 2.977 personas en Nueva York, Washington y Pensilvania, llevaron a Estados Unidos y sus aliados a librar las guerras más largas de la historia americana, en Afganistán e Irak.
Las agencias de inteligencia fueron reestructuradas, la vigilancia se amplió drásticamente y el concepto de acción preventiva pasó de teoría legal a doctrina operativa. En Nueva York, los nombres de las 2.977 víctimas fueron leídos en Ground Zero.
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